Miradas
Carta de Elisa Díaz
Está alerta, con la mirada expectante. Sus ojos van de un lado a otro, cargados de asombro y curiosidad, y cuando me acerco se agita. Rozo mi nariz con la suya y me separo un poco. Aún le cuesta enfocar. De momento solo puede distinguir formas un tanto borrosas, aunque empiezan a tener un ligero tono de color. Me regala una sonrisa. Sabe quien soy. Le hago carantoñas y le hablo cerca para que asocie mi cara a mi voz. Mueve los brazos y las piernas, pero en el momento en el que dejo de decirle cosas, no aparta la mirada de mí. Está atenta a lo que pueda suceder.
Es asombrosa la capacidad que tienen los niños de mirar con detalle todo lo que les rodea. María está justo en esa etapa. Siempre atenta a esos haces de luz que hay a su alrededor, a esas sombras oscuras que pasan cerca de ella, a cualquier cosa que altere la imagen estática que tiene delante.
¿Por qué los adultos nos volveremos tan torpes al mirar? ¿Tendrán algo que ver la rapidez y el estrés con el que vivimos?
Ahora que he vuelto a ser madre, me he dado cuenta de lo acelerados que vamos continuamente. Claro, quizá es porque mis rutinas han cambiado. Estoy agradecida por ello. Qué bien le está sentando a mi estado mental esta nueva etapa. Aunque no te voy a negar que antes de que naciera María estaba de los nervios. ¿Cómo lo voy a hacer con los horarios? ¿Cuándo voy a publicar? Y escribir, ¿en qué momento?
Uno de mis mayores defectos es la impaciencia. Mira que trabajo en ello, pero nada. Sin embargo, toda esa preocupación que tenía ha desaparecido. Los relojes parecen ir más despacio y los acontecimientos suceden a cámara lenta. Es como si toda la presión que yo misma me había impuesto se hubiese esfumado. La propia naturaleza ha tomado la delantera y ha venido a decirme: «Para y mira».
Aprovecho cada oportunidad para fijarme en esos detalles que pasan desapercibidos o que damos por hecho: las cejas rubias de María, lo perfectas que son y lo bien formadas que las tiene (pienso prohibirle que se las depile), la longitud de sus pestañas para lo pequeña que es, sus labios perfilados, lo que ha crecido en estos tres meses que ya casi no entra en el capazo, lo simpática que se ha vuelto cada vez que se acerca alguien y le dedica unas palabras…
La miro a los ojos mientras le doy el biberón (es el momento más íntimo que tenemos, no dejo que nadie se lo dé). Intento descifrar qué quiere decirme. Busco señales y gestos para entenderla. Entonces, mi mente comienza a trabajar: ¿Por qué habremos dejado de mirarnos? ¿Por qué habremos perdido el interés en querer mirar? ¿Dónde han quedado esas miradas cómplices en las que no hacen falta las palabras? ¿Dónde encontramos esas miradas de afecto, de cariño, de comprensión, de consuelo? ¿Dónde están esas miradas de apoyo cuando te sientes solo entre tanta gente? ¿Por qué ni siquiera miramos a alguien que se cae en mitad de la calle?
Me pregunto dónde quedaron las miradas que se dedicaban los adolescentes enamorados. Los guiños camuflados entre el humo de un cigarrillo. Dónde buscar miradas de respeto, ayuda o agradecimiento. Dónde se esconderán las miradas de “estás metiendo la pata” que se hacían las amigas para no quedar en ridículo. Dónde se habrán guardado las miradas en las que te morías de risa con tus hermanos mientras vuestra madre os echaba la bronca del siglo.
¿Qué nos habrá sucedido? ¿Tan individualistas nos hemos vuelto que ni siquiera queremos mirarnos como seres humanos?
Quiero terminar esta reflexión con una cita de Pearl S. Buck, la primera mujer estadounidense en ganar el Premio Nobel de Literatura en 1938, que hace referencia a la mirada.
“Mi más vivo recuerdo…es…el de la primera vez en que contemplé su cara y ella miró la mía. Ese recuerdo y esa mirada entre las dos me han acompañado toda mi vida. Nos reconocimos mutuamente. Yo era su hija y ella era mi madre… Lo que de mi madre heredé está dentro de mí.
Quiero a la gente con harta facilidad, como a ella le pasaba.
Agradezco a mi querida madre ese regalo de amor”.




Qué bonito, Elisa. Disfruta este momento tan especial. María está descubriendo el mundo. Y tú también.
Un abrazo.
Todo un mundo cabe en una mirada.
Ojalá la que tú le enseñes a María (y ella a ti) sea como la cita de Pearl S. Buck.