Aire
de Bruja Maldada.
—¿Cuándo llegas?
—Aún me queda un rato.
—¿Más o menos?
—Una hora, quizá más. He tenido que desviarme para encontrar una gasolinera.
—Los niños están imposibles y estoy hasta arriba. ¿Qué es ese pitido?
—A la rueda delantera izquierda le falta aire.
—Por favor, no tardes.
—¿Qué hay para cenar?
—Hoy no tengo ganas de cocinar, así que algo rápido.
—¿Una ensalada?
—De acuerdo, pero compra tomates. No quedan.
Redujo la velocidad y condujo por un camino de tierra durante unos minutos hasta llegar a la gasolinera que le indicaba el navegador. No había cartel y le costó encontrar la bomba de aire con la que inflar la rueda. Al encender el coche, el símbolo de advertencia había desaparecido del cuadro de mando. Se dirigió al único surtidor de gasolina y esperó sin bajarse del vehículo hasta que apareció una chica joven, que salió de una caseta de ladrillos pintados de blanco.
—¿Me lo llenas de gasolina 98, por favor?
—Sólo tengo 95.
—Entonces, no hay más que hablar —dijo con una sonrisa.
Le entregó un billete de cincuenta y otro de veinte y, mientras la chica rellenaba el depósito, él aprovechó para ir al baño.
Saludó a los dos hombres que había dentro y fue al urinario. Olía a porro y a alcohol y el suelo de baldosa marrón estaba manchado de barro y colillas mojadas. Al terminar, se dirigió al lavabo. Miró de reojo al hombre que no se movía de delante del espejo. Era grande. Tenía el pelo sucio y revuelto, además de una barba densa y negra de hacía varios meses. Llevaba una camisa de cuadros rojos con algunas manchas resecas.
No había secamanos ni toallas de papel. Cerró el grifo y se sacudió las manos encima del lavabo. Cuando se disponía a salir del baño, el otro hombre le interrumpió el paso. Se fijó en los pocos pelos grasientos recogidos en una coleta y en sus ojos pequeños y juntos que lo miraban con expresión divertida. Él trató de esquivarlo. El coletas volvió a impedirle el paso. Quiso girarse y mirar al otro hombre, pero ya lo tenía encima, y lo amenazaba con un cuchillo en el costado izquierdo.
—Oye, tranquilos, ¿vale? Tomad las llaves del coche.
El coletas le puso el dedo índice sobre los labios. Él intentó controlar la respiración y dijo con dificultad:
—Tengo efectivo.
El mastodonte que estaba detrás apretó el cuchillo con más fuerza, se acercó a su oído y con un susurro cargado de aire caliente, dijo:
—Desabróchate los pantalones.
No se movió. Contuvo el aire dentro de los pulmones y lo perdió por completo cuando el puño del coletas le impactó en el estómago.Estuvo doblado unos segundos hasta que el grandullón lo puso derecho.
—No es un juego, guaperas.
El coletas se acercó para besarlo. Él giró la cara, justo antes de que sus labios rozaran los suyos. El coletas le agarró el paquete.
—No te pongas nervioso, muñeco. Sólo vamos a divertirnos.
—Dejad que me vaya, por favor —dijo haciendo un intento por marcharse.
El mastodonte le colocó el cuchillo en la cara.
—Si te mueves otra vez, te lo clavo en el ojo.
El coletas, frente a él, se había bajado los pantalones hasta los tobillos e hizo lo mismo con los de la víctima, incluyendo la ropa interior. Aquel hombre de pelo grasiento se restregaba con él y tuvo que tragarse la arcada cuando olió el aire fétido que salía de su boca. El mastodonte, que no dejaba de empuñar el cuchillo contra su yugular, se aflojó el cinturón con la mano libre que le quedaba y dejó caer sus pantalones. Él sintió por detrás el bulto del mastodonte rozándole el trasero, que se acercó a su oreja y le pasó la lengua.
—Aparta, Coletas.
El compañero se separó sin apartar la mirada y el grandullón lo inclinó hacia adelante para penetrarlo. Descuidó la presión del cuchillo sobre el cuello con ese movimiento y la víctima aprovechó el instante, para evitar que el mastodonte le introdujera el miembro. Dejó que sus piernas cedieran y cayó como un peso muerto. El suelo estaba mojado y frío. El mastodonte se quedó paralizado unos segundos. Él se revolvió deprisa sobre las baldosas mientras se subía los pantalones. El coletas se acercó rápido, pero a él sólo le dio tiempo a pegarle un manotazo en los testículos, suficiente para detenerlo. El mastodonte soltó el cuchillo y levantó a la víctima del suelo, apretándole el cuello con las dos manos. Lo puso frente a él. Cara a cara. Tenía la piel picada de viruela y las pupilas dilatadas. Aquel mastodonte lo dejaba sin aire. Se le nublaba la vista. Con las últimas fuerzas que le quedaban, hincó su dedo en el ojo del enemigo y la presión sobre su cuello fue disminuyendo poco a poco. Los golpes en la puerta hicieron que el grandullón lo soltara del cuello por completo. Ninguno se movió. Fuera, alguien empezó a tocar el claxon de forma insistente.
—¿Oiga? ¿Está bien? Tiene que quitar su coche de ahí. Está estorbando —dijo la voz de la chica.
Silencio.
—¿Oiga?
Antes de irse miró al mastodonte que se tapaba el ojo con la mano. Al coletas le dio un puñetazo que lo dejó sin aire. Tiró del picaporte con fuerza y salió. La chica se retiró del susto al ver su estado y casi pierde el equilibrio.
Un deportivo estaba detrás de su coche. El conductor sacó la cabeza por la ventanilla sin levantar la mano del claxon.
—Tú gilipollas, la próxima vez que quieras ir a cagar quita el coche primero.
Él ni siquiera lo miró, se subió al vehículo y pisó el acelerador a fondo para salir de allí lo antes posible. Cuando quedaban unos cincuenta kilómetros para llegar a casa detuvo el coche en el arcén, puso las luces de emergencia y bajó a vomitar. De fondo, oyó sonar el teléfono. Se limpió la boca con la manga, y también las lágrimas. No podía enderezarse. Se ahogaba. Tuvo que respirar hondo para que el aire limpio entrara en sus pulmones. Se montó de nuevo en el coche, tiró el teléfono al asiento trasero, que no paraba de sonar y subió el volumen de la radio al máximo. Después, condujo hasta casa.
Su mujer abrió la puerta cuando él giraba la llave dentro de la cerradura.
—¿Se puede saber dónde coño estabas?
Él no contestó. Dejó las llaves en la consola y trató de abrazarla. Ella se retiró dándole un manotazo.
—Qué de dónde coño vienes.
—No grites, por favor.
—¿Qué no qué? ¿Llevo esperándote como una idiota desde hace tres horas y dices que no grite? ¿Y los tomates?
—No he podido comprarlos.
—Y cuándo puedes hacer algo, ¿eh? Para una cosa que te pido.
—¿Y los niños?
—Están bañados, cenados y dormidos.
—¿Quieres que pidamos algo de cenar?
Lo miró con rabia.
—No tengo hambre.
Se marchó a la habitación. Él se quedó allí de pie. Rígido e inmóvil. Rodeado de oscuridad.




Buenos días, Isabel! En Buenos Aires son las 7:30 de la mañana y ver tu comentario me ha alegrado el día. Gracias por leer el relato, por tu tiempo y por dejar unas palabras.
Un abrazo.
Impresionante y sobrecogedor,una lectura en tensión y con aprendizaje sobre cómo actuamos sin saber..Me encanta como redactas;mis ganas de leer son tan veloces como el desarrollo de tus relatos.Gracias.Me ha encantado y con mesaje para pensar