Trabajo bien hecho
de Bruja Maldada
La bombilla explotó. Maldijo el momento y miró la hora en el móvil. Las cinco de la mañana. Aún quedaba un rato hasta el amanecer. Se levantó de la silla de mala gana y pulsó el interruptor de la pared varias veces, arriba y abajo, como si de esa manera fuera a volver la luz. Al salir del estudio, tropezó con una de las butacas y se golpeó el dedo meñique del pie. Medio coja, llegó a la cocina. Alumbró con el móvil el cuadro de fusibles y levantó el general. Buscó en el mueble una bombilla de repuesto. No encontró ninguna para esa lámpara tan sofisticada y decidió llevarse el ordenador a la habitación y trabajar sentada en la cama, aunque eso significara despertar a su marido. Miró el reloj de la mesilla, había perdido demasiado tiempo. Revisó la agenda y maldijo de nuevo al ver la reunión de las nueve de la mañana. Actualizó el correo por si su equipo le había mandado el archivo para la presentación, pero no: nada nuevo. Panda de ineptos holgazanes.Desvió su mirada a las flores que había en el jarrón. Estaban mustias, sin firmeza y algunos pétalos habían caído sobre el mármol de la cómoda. La empleada no había cambiado el agua en días. En cuanto llegara a las siete, le haría limpiar el jarrón y comprar flores nuevas.
Se centró en el trabajo otra vez. Gráficos, estadísticas y datos. Editó algunas de las diapositivas de la presentación para que los publicistas entendieran claramente el mensaje. Un ronquido la desconcentró. Le dio una patada a su marido y lo hizo cambiar de postura. Maldita bombilla, justo hoy se tiene que estropear. Terminado el trabajo, dejó el ordenador, la agenda y la carpeta encima de la cama y fue a ducharse. Se puso un vestido gris y zapatos negros. Cuando volvió a la habitación, su marido revisaba su agenda.
—¿Qué haces?
—Lo siento, cariño. Miraba tu día. Parece complicado.
—Como todos los días.
—Lo sé, lo sé, pero es que hoy no puedo ocuparme de la niña. Tengo una entrevista de trabajo a primera hora y no sé cuánto voy a tardar.
—No es el mejor momento para una de tus bromas. Encárgate y punto.
—Cariño, no puedo.
Lo miró con desprecio.
—Habla con la niñera y que ella te ayude. Conmigo no cuentes.
Cuando estaba a punto de irse, mandó un mensaje a la chica; agarró el maletín y se despidió de su mujer.
Había pasado más de media hora y la empleada no aparecía. Ella, rabiosa, le envió más de veinte mensajes, pero ninguno se marcaba como recibido. A las ocho de la mañana aún no se había presentado. La llamó una y otra vez, pero el teléfono daba apagado. Maldijo a su marido, a la niñera y a los inútiles que trabajaban con ella. Tiró el teléfono a la cama e irritada, fue a la habitación de la bebé. Subió la persiana con furia. La pequeña se sobresaltó y empezó a llorar. La cargó en brazos, zarandeándola de un lado a otro, mientras buscaba el chupete entre las sábanas. La niña soltó una bocanada de vómito que manchó su pijama y el vestido de su madre. Ella la metió en la cuna de nuevo y trató de limpiarse con unas toallitas húmedas. El llanto la ponía histérica. Se dirigió al baño, abrió el grifo de la bañera y colocó el tapón. Le quitó el pijama a la pequeña y la sentó dentro. Fue directa al vestidor a elegir otra ropa para la reunión cuando el teléfono empezó a sonar. Creyó que era la empleada y se preparó para gritarle unas cuantas verdades. Era su jefe:
—¿Dónde coño estás?
—Voy de camino.
—Te quiero aquí en cinco minutos.
Trató de decirle algo, pero él ya había colgado. Se puso un traje, camisa y los mismos zapatos negros. Recogió el ordenador, la agenda y la carpeta. El teléfono notificó la entrada de un mensaje. El número era desconocido: «Señora, ya llego. Tuve una emergencia. Me robaron en el colectivo. Disculpe las molestias». Ella insultó a la empleada en voz alta como si la tuviese delante. Se dispuso a atravesar el pasillo y terminó resbalando en un charco de agua. Su traje estaba mojado y la pantalla del móvil rota. Dejó todo en el suelo y corrió al baño. La niña hacía rato que flotaba boca abajo en la bañera como una muñeca de goma.




Cuantas bebes dejamos flotar en la bañera por vivir no viviendo una vida enojada, tensa, egoísta y divorciada del sentido que se nos otorgo para transitarla.
Como siempre Brujita, un gusto leerte, tus cuentos cumplen con su cometido, pegar, dar el golpe y pensar.
Hola Elisa, técnica y rítmicamente el relato sostiene muy bien la tensión de la alienación diaria. Esa cadena de incidentes domésticos refleja con dureza cómo la obsesión por la agenda devora la realidad. Sin embargo, el desenlace es tan asfixiante que desplaza la reflexión social hacia el territorio del horror puro. Gracias por compartir tu trabajo.