Rebajas
Relato de Bruja Maldada
A las nueve de la noche, papá llamó a mamá. La oí dar voces al otro lado del teléfono. Ella tenía organizada la semana y no contaba conmigo, pero había que apañárselas, papá viajaba muy temprano a la mañana siguiente.
—¿Las rebajas? —gritó papá—. ¿Y a mí qué cojones me importan las rebajas? Te propuse llevar a Manuel a un campamento de verano y no te dio la gana, ahora te jodes y te aguantas, que también es hijo tuyo.
Al final, papá cortó la llamada enfadado y tiró el teléfono al sofá, donde yo estaba viendo los Rescue Bots con el pijama puesto.
—Ve a tu habitación y tráete la mochila con tus cosas.
Me levanté del sofá y dejé los dibujos a medias. Ya habíamos cenado, y como estábamos en vacaciones de verano, podía acostarme más tarde y ver la tele el tiempo que quisiera. Metí algunos juguetes en la mochila junto con Buff, un conejo de peluche que me acompaña siempre y que papá me regaló de uno de sus viajes.
—¿Puedo llevarme la pelota de fútbol?
—De acuerdo.
Papá me cogió en brazos y fuimos hasta el coche. Me sentó en mi silla de piloto y me abrochó los tirantes del cinturón. Bajé la ventanilla de camino a casa de mamá, me daba el aire en la cara mientras escuchaba la canción de Superhéroes.
Al llegar, papá pulsó el timbre del cuarto B. Nadie preguntó, sólo se abrió la puerta de forma automática, y papá me llevó hasta el ascensor. Allí me pidió disculpas por tener que marcharse al día siguiente. Me prometió que al volver haríamos un plan divertido juntos los dos solos. No pude abrazarlo porque sujetaba la pelota de fútbol y a Buff, pero le sonreí. Entré en el ascensor y él pulsó el botón con el número cuatro.
—Nos vemos pronto, cariño. Adiós Buff.
Salí del ascensor y el pasillo estaba a oscuras. Avancé agarrando fuerte a Buff y enseguida escuché la cerradura de la puerta y la voz de mi madre que abría y le daba al interruptor de la luz para que pudiera llegar hasta ella.
Me quitó la mochila y la pelota de fútbol al entrar. Se oían voces de mujeres en el salón.
—¿Tu padre te ha dado de cenar?
—Sí.
—¿El qué?
—Crema de verduras.
—Sí, ahora las venden listas para calentar.
No le dije que papá y yo la habíamos preparado juntos. Se habría enfadado más.
—Entonces, ve a lavarte los dientes. Estoy cenando.
Fui hasta el baño y mojé un poco el cepillo de capitán América antes de ponerle pasta. Casi no quedaba. Apreté el tubo sin conseguir que saliera nada.
—¿Me ayudas con la pasta?
Todas las señoras sentadas alrededor de la mesa guardaron silencio. Mi madre soltó enfadada el trozo de pizza que tenía en la mano.
—Acabas de cumplir cuatro años. Si sabes pegarle patadas a un balón, también deberías saber hacer esto —puso pasta en el cepillo de dientes y me lo dio—. Ya está. Lávate y a dormir, que mañana hay que madrugar.
—¿A dónde vamos?
—A las rebajas.
—¿Y dónde está ese lugar?
Algunas de las mujeres se rieron. La señora que estaba cerca de mi madre me acarició el pelo y dijo:
—Bomboncito, las rebajas son el momento más importante para las mujeres.
Miré a mi madre, que rompió a reír junto a las demás, y di media vuelta en dirección al baño. Al terminar, me subí a la cama y me quedé dormido abrazando a Buff.
Por la mañana, mamá hablaba con alguien en la cocina. Salí descalzo y corrí hacia allí, creyendo que era la abuela. Cuando llegué, mamá sujetaba el teléfono con una mano y con la otra iba metiendo los platos en el lavavajillas. Hablaba fuerte e insultaba a papá.
—¿Es la abuela?
Al oírme se asustó y se le cayó un plato al suelo.
—¡Sal de aquí ahora mismo!
Cogí la pelota de fútbol de la entrada y me la llevé a la habitación. Se la enseñé a Buff. Sonrió. Hice algunos autopases en la pared para que me viera. La puerta se abrió de repente y mi madre entró enfadada, directa a subir la persiana.
—Aquí no se juega al balón. Si en casa de tu padre lo haces, aquí no te lo voy a permitir.
Guardé la pelota debajo de la cama.
Sacó del armario unos pantalones cortos azul marino y una camiseta del mismo color.
—Vístete ahora mismo. Llegamos tarde.
Sonó el teléfono y, mientras yo trataba de ponerme los pantalones, ella salió de la habitación hablando a voces.
Me había pillado el dedo con la cremallera y no podía abrocharme el botón. Busqué a mamá en su habitación. Toqué y abrí la puerta sin esperar la contestación, aún discutía y decía palabras feas, una detrás de otra. Entré despacio. Estaba desnuda y al verme gritó fuerte.
—¡Vete a tu habitación!
—Es que no puedo… —no me dejó terminar. Me empujó y cerró la puerta.
La oí llamarme maleducado.
Dejé los pantalones estirados encima de mi cama y me llevé a Buff al salón. La tele estaba encendida. Una señora hablaba sola, parecía dirigirse a mí, porque me miraba fija y decía las cosas despacio, con pausa. Nombró esa palabra tan rara que había dicho mamá: Rebajas. En la pantalla aparecieron muchas personas en la calle, amontonadas en las puertas de las tiendas, empujándose y gritando.
Mamá apagó la tele. Se había puesto un pantalón corto, de los que tiene para hacer deporte, una camiseta de tirantes y las mismas zapatillas fluorescentes que usa para ir a correr. Iguales a las que utiliza papá cuando va al gimnasio. En una mochila pequeña y negra metió las llaves y el monedero. Rellenó una botella de agua y la guardó en el bolsillo de red que había en un costado de la mochila.
—Mamá, ¿hacemos tortitas para desayunar?
—¿Qué haces sin pantalones?
—Me he hecho daño en el dedo.
Me llevó a la habitación sin decir nada. Olía a flores. Quise darle un abrazo cuando terminó de vestirme, pero ella contestó una nueva llamada.
—Oye, voy lo más rápido que puedo. No tengo la culpa de que el padre de la criatura sea un cabrón y me haya dejado al cargo de mi hijo, precisamente hoy.
Me miró al colgar.
—¿Te has aseado?
—En casa de papá, desayunamos primero.
Me agarró del brazo hasta colocarme delante del lavabo. Me echó agua en la cara, me restregó con la mano y me empapó todo el pelo. Cerró el grifo y me secó con la toalla azul de estrellas.
—Se me ha mojado la camiseta.
—Pues así vas más fresco.
—¿Me puedo llevar la pelota?
—Por supuesto que no. Si quieres, llévate el conejo ese de peluche.
Busqué a Buff, que estaba encima del sofá, y salí corriendo. Tiré del pomo de la puerta y caminé rápido hasta el ascensor, donde mamá me esperaba. En la cochera, me señaló su lado del coche, por donde tenía que entrar. Levantó su asiento y subí a la parte trasera. Me acomodé en la silla de seguridad y ella me abrochó los tirantes del cinturón y colocó de nuevo su asiento. Los cristales eran oscuros. Había bolsas de ropa en los asientos y mamá dejó la mochila negra que llevaba sobre una de ellas.
—Qué asco de calor.
Bebió un poco de agua de la botella que tenía en la mochila y encendió el aire acondicionado al máximo. Al salir de la cochera, descolgó la llamada entrante desde el cuadrado táctil mientras esperábamos a que se abriera la puerta automática. La mujer hablaba sin parar, mamá trataba de tranquilizarla, pero la señora parecía no escuchar nada; y en esas, mamá aceleró para incorporarse al tráfico y casi se salta un semáforo. Tuvo que frenar de pronto y si no llego a llevar el cinturón puesto, salgo volando. Cortó la llamada y cogió su teléfono para mandar un mensaje de voz.
—Chicas, vamos muy mal de tiempo. Laura me acaba de llamar, Primark está imposible, la gente está amontonada en la puerta y parece que se ha armado lío con el personal de seguridad.
Sonó un mensaje nuevo: Chicas, directas al polígono Larache, hay aparcamiento fijo.
Mamá hizo un giro brusco. La señora del coche que venía detrás le pitó varias veces y la llamó puta. Ella le sacó el dedo corazón por la ventanilla y murmuraba cosas en voz baja, algunas eran palabras feas. Yo tenía sed y hambre. Si le decía algo, se pondría más nerviosa. Mejor esperábamos a bajar. Buff estuvo de acuerdo.
Mamá no encontraba sitio libre y durante un rato dimos vueltas y vueltas. Frenó de repente cuando un coche salía marcha atrás. Una señora que esperaba antes que nosotros, empezó a vocear: «Es mío, es mío». Casi se chocan porque la mujer aceleró, pero mamá fue más rápida y aparcó primero. No hizo caso de los insultos que le gritaba la mujer, hablaba por teléfono, preguntando en qué tienda hacían fila. Salió del coche con la mochila y esperé a que levantara su asiento y me ayudara a bajar. Pulsó el botón del mando a distancia mientras se alejaba.
Miré a Buff que estaba callado entre mis brazos.
—No te asustes, seguro que mamá ha ido a comprar donuts para desayunar. ¿No ves el cartel con letras naranjas y rosas? Enseguida viene. Sabe que los azules con fideos de colores son mis preferidos.
Pasó un rato largo y hacía calor. Buff y yo cantamos todas las canciones que me había enseñado la señorita Mica el curso pasado. Miré a ver si mamá venía con la caja de donuts. Sólo había coches por todas partes. La tienda de donuts debía estar llena de gente y por eso tardaba tanto. Me dolía la cabeza y la garganta al tragar. Tenía hambre.
Buff estaba asustado. Lo acaricié con calma.
—Tranquilo, amigo, que mamá debe de estar al llegar. Quizá se han terminado los donuts de color azul y ha tenido que ir a otro sitio a comprarlos.
Me quité las zapatillas de deporte y los calcetines para estar más fresquito y soplé a Buff en la cara para aliviarlo. Lo abracé fuerte. Era pequeño y lloraba. A los conejos les gusta jugar al aire libre. Estar encerrados los pone nerviosos.
La llamé a gritos unas cuantas veces para que me oyera. Esperé otro rato y nada. Volví a gritar. Seguro que se molestaba conmigo por dar tanto escándalo, pero tenía mucha sed. Buff se enfadó conmigo. No es culpa mía, le dije.
—Mamá. Quiero bajar.
Empecé a llorar yo también. Quería irme a casa. Me costaba respirar. Tenía la cabeza muy caliente y la camiseta mojada. Intenté desabrocharme el cinturón, pero estaba atascado y no tenía fuerza. Llamé a mamá de nuevo. No venía. Abracé a Buff llorando cuando tuve los primeros calambres. No podía respirar. Lo miré. Se había dormido. Poco a poco, dejé de sentir las hormigas en el cuerpo. Tenía sueño yo también. Mucho sueño. Y no pude recoger a Buff del suelo cuando se me cayó de los brazos.




Un relato actual porque no paramos de sufrir la inacabable y enésima ola de calor.
Y luego están los casos de niños "olvidados". Ufffffff
¡Qué angustia!
Hola Bruja querida. Me dejaste nuevamente sin palabras...💙