El disfraz de caballero
de Bruja Maldada
Guille se levantó temprano ese día para ordenar los disfraces. Colocó en la silla del escritorio el suyo, que era el de caballero, para que nadie lo tocara. Preparó el de duende: un mono verde de terciopelo, un gorro rojo y calcetines de rayas. Al lado, puso el de dragón. Alisó con la mano la tela del traje, dejó la capucha de goma y sacó del cajón los colmillos de plástico, por si alguien quería usarlos. Por último, se dispuso a preparar el disfraz de pirata. Faltaba el sombrero negro con la calavera pintada. Buscó dentro del baúl, pero no lo veía por ningún lado. Recordó que lo había dejado en la caseta de madera del jardín y corrió a por él.
Ahora, todo estaba listo.
Miró la hora en el reloj de su muñeca, aún faltaban siete minutos y diez segundos. Confiaba en que fueran puntuales. Esperó a sus amigos en la habitación mientras observaba las fotografías pegadas en la pared. Sonrió al ver la foto de la piscina, donde salía él junto a la princesa. Miró la de la fiesta de disfraces de su último cumpleaños y también la de final de curso, cuando le tocó izar la bandera del colegio delante de todos. Estuvo un rato más pasando la mirada por los recuerdos hasta que llegó a la fotografía del campamento de verano del año pasado. Dejó de sonreír y miró a Benja, que le ponía los cuernos encima de la cabeza con una mano y con la otra agarraba de la cintura a la princesa. Despegó la fotografía de la pared de un tirón y la guardó boca abajo en el último cajón del escritorio.
A las doce de la mañana, llegaron sus amigos. El primero en entrar fue Benja, como siempre, que le dio un empujón a Guille a modo de saludo. Tiraron las mochilas en la entrada y corrieron directos a la habitación. Benja vio el disfraz de caballero que Guille se había reservado para él, en la silla del escritorio. Sonriente lo cogió y se lo puso. Cuando Guille entró en la habitación el pirata se colocaba el parche frente al espejo, la princesa, que ya venía disfrazada, se probaba los colmillos de plástico del dragón y el duende se subía los calcetines de rayas por dentro del mono. Reparó en Benja.
—El disfraz de caballero es el mío.
—No seas egoísta —contestó Benja con sorna.
—Te toca el de dragón. El de caballero es el mío.
—Pero tú lo tienes siempre. Puedes jugar más veces que yo —dijo con cara de pena mirando a la princesa.
—Y tú siempre quieres ser el protagonista.
Los demás esperaban en silencio. La princesa le hizo un gesto de súplica que lo desarmó y, de mal humor, se visitó con el disfraz de dragón, el que nadie quería.
El juego comenzó cuando todos subieron a la cama que hacía de barco. Todos menos el dragón. Intentaron poner el navío en movimiento, pero la enorme ancla se había atascado entre las rocas. El caballero, el duende y el pirata tiraban con fuerza de la cadena para poder sacarla y zarpar. La princesa gritaba con voz aguda: «Caballeros, deprisa, os lo ruego, la bestia nos alcanza». El dragón soltaba fuego por la boca. El caballero voceó palabras de ánimo a sus compañeros para que tiraran con más energía de aquella cadena, pues temía que, si el dragón se acercaba demasiado al barco, los calcinase a todos.
Ya sentían el calor del fuego en su piel cuando el ancla por fin cedió y comenzó a subir. El pirata fue directo a la rueda del timón mientras el caballero y el duende terminaban el trabajo. El duende desplegó las velas para capturar la fuerza del viento y el pirata giró la rueda del timón a estribor. La princesa, aterrada de ver a un ser tan horrible cerca de ellos, dio unos pasos hacia atrás y sin darse cuenta del obstáculo, tropezó con la cadena y cayó por la borda al agua. El caballero al ver la escena corrió para salvarla, pero era demasiado tarde. La princesa era presa del dragón. El caballero, furioso, golpeaba con el puño la madera del barco y se prometió que volvería a rescatarla cuando ya se alejaban de la costa a buena velocidad.
El dragón sostuvo con las garras el delicado brazo de la princesa y la arrastró hasta el escritorio, que hacía de cueva dentro de aquella isla. Los sollozos de la muchacha enfurecían al dragón, que caminaba de un lado a otro rugiendo sin parar para que se callara, pero ella lloraba más fuerte.
Pasaron días hasta que se divisó de nuevo el navío. Desde el barco todos los tripulantes veían la isla en el horizonte. El caballero buscaba desesperadamente la cueva con el catalejo. Localizó al dragón en la puerta de su guarida y fue a tocar la campana para avisar a los tripulantes de que se preparan para la maniobra de anclaje. El dragón bramó con fuerza al ver el barco y la princesa, que estaba dormida, se despertó alarmada y rompió a llorar de nuevo. Cuando el caballero remaba montado en el esquife listo para rescatar a la dama, la madre de Guille abrió la puerta de la habitación y los llamó a comer. Todos, excepto la princesa, se quitaron los disfraces, que quedaron esparcidos por la cama y el suelo. Guille recogió el disfraz de caballero y lo puso en la silla del escritorio.
Salieron al jardín a comer los espaguetis con carne que había preparado la madre de Guille. Benja le dio un golpecito a la chica en el brazo y le dijo:
—Pronto estarás a salvo.
Los demás se rieron. Todos menos Guille que guardó silencio y se bebió el vaso de zumo de un trago. Se comió los espaguetis con ansia e intentó terminar el primero. Sin embargo, fue Benja quien se ganó un helado de cucurucho de chocolate. Los demás tuvieron que conformarse con un helado de hielo de fresa. Benja, que se acabó el helado igual de rápido que los espaguetis, corrió a la habitación. El disfraz de caballero estaba separado en la silla del escritorio y con una sonrisa se lo plantó otra vez. Guille al verlo, gritó:
—Quítate el disfraz. Ahora me toca a mí.
—Yo era el caballero desde el principio.
—Sí, pero esta es mi casa. Y los disfraces son míos.
Benja se quitó el disfraz mientras los demás permanecían callados.
La madre de Guille entró en la habitación con una pila de camisetas y los miró sorprendida.
—¿Va todo bien?
Benja con el disfraz de dragón en la mano trató de contestar, pero Guille se le adelantó.
—Sí, mamá. Todo bien.
La aventura comenzó de nuevo. Una vez en la isla, el caballero agarró con fuerza la almohada de la cabecera a modo de escudo y saltó del esquife al agua, que le llegaba por las rodillas. Tuvo que levantar bien las piernas para poder correr y llegar hasta la playa. Una vez allí, se giró y miró con valentía al duende y al pirata que lo animaban desde el barco.
El dragón divisó al caballero armado en dirección a ellos y rugió furioso. La princesa gritó de miedo. El caballero se protegía con el escudo mientras trataba de atravesarlo con la espada, pero el dragón se la arrancó de la mano de un zarpazo. El caballero sujetó con firmeza la almohada. Enfadado y con gran valor, golpeó con el escudo la frente del dragón, que cayó al suelo de inmediato. El caballero se subió encima de él y con el escudo le apretó fuerte en la cara para que no se pudiera levantar. La bestia no paraba de mover la cola y las patas tratando de liberarse, pero el caballero apretaba con más y más fuerza hasta que poco a poco el animal fue rindiéndose y quedó inmóvil.
El caballero, orgulloso de su triunfo, soltó el escudo, se levantó deprisa y alzó los brazos para celebrar su victoria. Sus camaradas voceaban contentos desde el barco. El caballero corrió hasta la cueva donde encontró a la princesa malherida. La llevó en brazos hasta el esquife y remó en dirección al barco para unirse a sus camaradas. Daban gritos de alegría y se burlaban del dragón tumbado en la arena de aquella isla, que se hacía más pequeña según se alejaban.
Terminada la aventura, Guille propuso jugar en el jardín mientras se quitaban los disfraces. El pirata se reía llamando a Benja, pero el dragón no se movía. El duende le dio una patada en las piernas para que dejara de fingir y Guille le sacó la capucha del disfraz.
Benja tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, la lengua fuera y la boca torcida.




Cuando iba en la mitad del cuento me dije —me encanta como se toma el relato del juego tan enserio!
Cuando me acercaba al final dije —Dios mío, esto va enserio, pero enserio, enserio…
Bueno pues, soy adicta a estos finales 👏
Ay, bruja 🧹. Me lo temía. Enhorabuena 😘