Corazón inquieto
Elisa Díaz
Querido lector:
Este domingo, Bruja Maldada ha tenido que salir volando debido a un asuntillo con un personaje que estaba en apuros. Así que, como yo soy la segunda al mando, me ha dejado a cargo de la publicación.
Hace ya varios meses Mario Acevedo tuvo la genial idea de iniciar una serie de cartas en las que cada participante debía responder de manera particular a una misma pregunta. ¿Con qué fin? Mirar a través de los ojos del otro. Reflexionar, meditar la respuesta de esas personas y aplicarlo, en la medida de lo posible, a nuestras vidas para que las cosas mejoren.
«¿Qué cambio personal has hecho que crees que podría beneficiar al mundo si todos lo adoptaran?»
Mi respuesta es sencilla: Perdonar. A mí misma y a los demás. Igual que lo hacen los niños. Olvidando deprisa, sin rencores.
Sí, lo sé. Es utópico y muy difícil de cumplir a veces y además parece de santurrona (risas), pero esta carta no tiene la intención de aleccionar a nadie, solo es mi respuesta personal a esa pregunta.
Ven, sentémonos a tomar una taza de té mientras te cuento.
Año 2019. Lima. Perú.
Por aquel entonces, vivíamos en Lima, en el distrito de Miraflores. Mi hijo Nicolás tenía cinco años, Martín tres y Sebastián estaba a punto de nacer. Una tarde habíamos ido a comprar las últimas cosas antes del parto. No recuerdo la hora exacta, pero estábamos guardando las bolsas en el maletero cuando Martín dijo:
—Yo me quiero ir al cielo.
Mi marido y yo nos miramos atónitos. Le respondí:
—Hijo, si te vas al cielo, no podremos verte.
Él dijo muy tranquilo:
—Pero yo a vosotros sí.
24 de enero de 2022. Buenos Aires. Argentina
Un año antes nos habíamos trasladado a Buenos Aires. Los niños estaban felices. Nico de siete años había hecho amigos nuevos en el cole. Martín hacía un mes que había cumplido los cinco años y tenía un mejor amigo que lo invitaba a su casa y le dejaba beber Sprite a escondidas mía. Sebastián con dos años aún estaba en casa. El próximo año empezaría a ir al colegio con sus hermanos.
A las tres de la tarde, Martín y Sebas se fueron con la niñera a recoger a Nicolás que estaba en un campamento de verano, cerca de casa. Cinco minutos después inicié una videollamada con mi madre, pero tras hablar unos minutos se cortó. La niñera me llamaba nerviosa.
—Señora, lo han atropellado.
—¿Cómo?
—Han atropellado a Martín, ¿qué prepaga tiene?
—Llevadlo a Swiss Medical. ¿Está bien? ¿Martín está bien?
Cortó la llamada. Mi ropa en esos momentos era la de hacer limpieza en casa, pero bajé a la calle tal cual y paré a un taxi. Llamé a Ángel para decirle lo que estaba pasando. Justo cuando colgué, la niñera volvía a llamarme.
—Señora, lo estamos llevando al Hospital Fernández, en Cerviño.
Bajé del taxi en el lugar indicado. Un enfermero de urgencias había salido para hablar con la policía:
—Busquen a la madre.
Yo, que acababa de escuchar la orden, me dirigí a él seria:
—Soy yo.
—Venga conmigo.
En el mostrador de urgencias le hablé de manera exigente:
—Quiero ver a mi hijo.
—Su hijo está en parada cardíaca. Debe esperar.
El enfermero volvió dentro y el conductor del autobús que había atropellado a mi hijo y que no se había movido de la puerta de urgencias, se acercó a mí.
—Perdóneme, señora. No lo vi. No me di cuenta.
Sin apenas mirarlo dije:
—Que lo perdone Dios, yo no lo voy a perdonar.
Ángel llegó minutos después. Pedimos a la niñera que se llevara a Sebastián y que recogiera a Nicolás del campamento de verano mientras a nosotros nos decían qué pasaba.
Al cabo de un rato, una doctora salió intentado contener las lágrimas. Me cogió de la mano y me dijo:
—Estamos haciendo todo lo posible.
Pero yo, amigo mío, soy madre. Ya sabía lo que pasaba. Martín se había ido al cielo. No iba a volver. Al menos no físicamente.
La médico pasó dentro y nos dejaron esperando un rato más. Llamé a mi madre para que rezara, para que ofrecieran la misa de esa tarde por él. Imploré a Dios para que Martín no se muriera. Para que se quedara con nosotros un poquito más de tiempo.
Minutos más tarde nos comunicaron que no habían podido reanimarlo.
Martín había fallecido.
Hubo un silencio general en mí. Despacio, me apoyé en la pared y, poco a poco, fui bajando hasta sentarme en el suelo. Lloré esperando volverme loca o queriendo despertar de aquella pesadilla. ¿Cómo era posible que Martín estuviera muerto si hacía un momento habíamos hecho galletas de chocolate?
No me volví loca ni tampoco desperté de la pesadilla.
Nos acompañaron al box de urgencias para despedirnos de él. Lo abracé mucho y lo llené de besos. De todos los que no le podría dar en mucho tiempo. Su cara estaba intacta. No tenía nada. Ningún rasguño, ninguna herida. Nada. Dormía profundamente. Solo faltaban su amigo el oso y los cientos de peluches que colocaba en la cabecera de su cama antes de irse a dormir.
La noche siguiente su alma me despertó con un beso y se despidió de mí. Lloré por ese regalo. Tardé un año en contarle a mi marido que lo había visto.
El resto de la historia carece de importancia en esta carta.
Aquel hombre me pidió perdón en un momento crucial. ¿Por qué fui tan soberbia? ¿Por qué me creí por encima de él? ¿Quién era yo para juzgar sus actos? Era un ser humano. Fue un accidente. Se equivocó. Cometió un error. ¿Acaso yo no los cometo a diario? ¿Quién no ha conducido con el móvil en la mano más de una vez? También me costó perdonar a la niñera. Se suponía que lo tenía que sujetar, estar pendiente de él. Sin embargo, estaba embelesada en otros asuntos. Es humana y madre y tiene dos hijos.
El perdón duele. Es un sentimiento que rasga el corazón, que provoca angustia y humillación, pero es un signo de amor hacia la otra persona.
Mi hijo Martín está en el cielo. Yo lo he visto y él ha venido a casa muchas veces para decirnos que está bien. Entonces, si el cielo es real y yo quiero volver a estar con él algún día, ¿no deberé perdonar de corazón los errores de los demás?
La brecha entre unos y otros se hace cada vez más grande, creo que el perdón es una de las medicinas más potentes para cerrar esa brecha y está en nuestras manos y al alcance de todos.
No es casualidad que Mario me asignara este día para publicar esta carta: 3 de noviembre, San Martín de Porres.
Un abrazo.
Elisa
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La piedra del toque del cambio
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Carta 12 Ezequiel Cano
Carta para un mundo mejor, incluido tu
Carta 13 Marta Lavanda
El cambio personal que más puede beneficiar al mundo (y a ti)
Carta 14 Elisa Díaz
Corazón inquieto.




Gracias por escribirnos esta carta y dejarnos leerla, Elisa. Felicidades por ese perdón 🙏🏻 un abrazo muy grande.
Querida Elisa, me enteré del accidente de Martín por tu hermana Mariángeles y me quedé mudo. Nunca me atreví a preguntar cómo había sucedido, sólo pude rezar para que Dios os diera fuerzas para seguir adelante. Es admirable la actitud de Ángel y tuya ante una desgracia así y la forma de afrontar esa terrible tragedia a través del perdón y del amor, es una auténtica lección de vida. Gracias por compartirla a través de tus palabras. Ya sabéis el cariño que os tengo a toda tu familia. Os mando un abrazo gigante. Cuidaros mucho.